En el Día Mundial para la prevención del suicidio adolescente, CATIM releva cómo la forma en que hablamos a NNA puede abrir espacios de escucha, contención y ayuda o, por el contrario, profundizar su dolor.
El suicidio juvenil se ha convertido en una de las realidades más dolorosas y urgentes de Chile. Entre 2021 y 2022, las cifras aumentaron en un 37%, y un 44% de los casos correspondió a adolescentes de entre 14 y 17 años, según el Ministerio de Salud. A nivel mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que más de 700 mil personas se quitan la vida cada año, una tragedia que golpea con especial fuerza a la población joven. En Chile, el suicidio es hoy la segunda causa de muerte entre los 15 y 19 años, superando incluso a los homicidios. Estas cifras no solo revelan una crisis sanitaria, sino también un llamado urgente a fortalecer el acompañamiento, la escucha y el lenguaje que usamos con quienes más lo necesitan.
La prevención del suicidio adolescente exige mirar más allá de las cifras. “El problema no es solo clínico, también es relacional”, explica Jaime Aguilera, psicólogo CATIM. “El lenguaje que usamos con los niños y adolescentes tiene un efecto directo en su bienestar emocional. Si les decimos, no exageres o no llores más, reforzamos la idea de que lo que sienten no importa”.
¿Por qué el riesgo es más alto en jóvenes?
La adolescencia cruza cambios biológicos, emocionales y sociales con presiones académicas, digitales y de pares. Cuando no hay adultos disponibles para escuchar, el malestar se aísla. La evidencia internacional (OMS/UNICEF) indica que el apoyo familiar y la comunicación empática reducen ideación e intento suicida.
Aguilera enfatiza que el cambio puede comenzar con algo tan cotidiano como las palabras. “Si en vez de decir no es para tanto, decimos estoy aquí para escucharte, el mensaje cambia“. Explica que frases como deja de llamar la atención o ya vas a superar eso invalidan el malestar de niños, niñas y adolescentes. “Aunque no sea nuestra intención, ese tipo de respuestas puede hacerlos sentir más solos y alejarlos del diálogo”, advierte.
Para Aguilera, la prevención del suicidio adolescente empieza en los vínculos significativos. “Cuando un niño siente que puede hablar sin miedo a ser juzgado, se abre la posibilidad de ayuda. La contención no requiere soluciones inmediatas, sino presencia y escucha real”. Añade que incluso los silencios pueden ser una forma de apoyo. “A veces, solo necesitan que alguien los acompañe sin interrumpirlos ni corregirlos”, explica.
“Cada palabra cuenta —dice—. Si logramos reemplazar el ya deja de llorar por un entiendo que te sientas mal y puedes confiar en mí, no solo cambia el tono, cambia la historia”.
Estudios de la Universidad de Chile confirman que los adolescentes que perciben apoyo emocional en su familia tienen un 60% menos de riesgo de ideación suicida. Por eso, la prevención del suicidio adolescente no solo depende del sistema de salud, sino de hogares y comunidades capaces de ofrecer escucha y contención.
Frente a crisis, el MINSAL dispone del *4141 (24/7, atención psicológica) y Salud Responde 600 360 7777. CATIM refuerza su compromiso: fortalecer familias, promover entornos protectores y derivar oportunamente son pilares de la prevención del suicidio adolescente.
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